Hay palabras que, con el paso del tiempo, corren el riesgo de hacerse pequeñas. Catequesis puede ser una de ellas. A veces se reduce a una etapa de preparación sacramental, a un curso para niños, a unas fichas, a una reunión semanal o a una obligación parroquial que hay que organizar cuando empieza el año pastoral. Pero, mirada desde la fe de la Iglesia y desde el carisma presentacionista, la catequesis es mucho más que una actividad. Es un acto de maternidad eclesial. Es la Iglesia engendrando hijos en la fe. Es la parroquia enseñando a mirar la vida con los ojos de Cristo. Es el Evangelio haciéndose palabra comprensible, gesto cercano, memoria viva y camino de madurez.

Para nosotras, la catequesis no es un añadido pastoral. Pertenece al corazón mismo de nuestra vocación. Nacimos con alma parroquial, mariana y eucarística. Nacimos para servir allí donde la Iglesia se hace casa concreta: en la parroquia, junto al altar, cerca del Sagrario, en la vida sencilla del pueblo de Dios. Y allí, en ese terreno humilde y fecundo, la catequesis aparece como una de las expresiones más delicadas y necesarias del celo apostólico.

El Padre Alejandro María lo comprendió muy pronto. Su mirada sacerdotal no separaba el culto de la formación, ni la Eucaristía de la doctrina, ni el amor a María de la educación de la fe. Sabía que una parroquia no se sostiene solo por la costumbre religiosa, sino por una fe conocida, amada, celebrada y vivida. Por eso, en sus primeros años de ministerio, promovió el culto eucarístico, la devoción sincera a María y dio una importancia capital a la catequesis y a la formación de catequistas. Esta intuición no fue secundaria. Fue semilla.

La catequesis, en su pensamiento, no era una tarea menor encomendada a quien “ayuda un poco”. Era una obra verdaderamente apostólica, exigente, fecunda, capaz de renovar la vida parroquial desde dentro. En sus escritos llegó a afirmar que la enseñanza de la Doctrina Cristiana era la obra máxima de la parroquia, la ocupación más noble, la inversión del tiempo más acertada y provechosa. Y añadía una convicción de gran fuerza pastoral: en la catequesis se fundamenta la Iglesia de Jesucristo, en ella estriba su conservación y de ella depende su florecimiento.

Estas palabras, leídas hoy, conservan una actualidad sorprendente. Porque una comunidad que no catequiza termina empobreciendo su fe. Puede mantener celebraciones, conservar tradiciones, repetir gestos, pero si no forma el corazón y la inteligencia creyente, la vida cristiana se vuelve frágil. La catequesis es memoria viva de la fe. Es transmisión de una experiencia recibida. Es el paso humilde y decisivo por el que una generación entrega a otra no solo contenidos, sino una forma de pertenecer a Cristo y a la Iglesia.

Desde el carisma presentacionista, catequizar es presentar. Esta palabra tiene para nosotras una hondura propia. María, en el misterio de su Presentación en el Templo, se ofrece entera a Dios. En Ella contemplamos disponibilidad, escucha, humildad, interioridad y entrega. Su vida se convierte en un espacio limpio donde Dios puede hacer morada. Por eso, cuando una hermana, un laico o una comunidad catequiza, participa de algún modo en este movimiento mariano: presentar las almas a Dios y ayudar a que Dios sea reconocido en las almas.

La catequesis no consiste únicamente en explicar verdades. Consiste en abrir camino hacia el encuentro. Enseñar el Credo, los sacramentos, los mandamientos, la oración o la vida moral cristiana no es una transmisión fría de conceptos. Es ayudar a que la persona descubra que la fe ilumina su historia, ordena sus afectos, sana sus heridas, despierta su conciencia, ensancha su esperanza y la introduce en la comunión de la Iglesia.

Por eso la catequesis presentacionista tiene que ser profundamente eucarística. No basta hablar de Jesús: hay que conducir hacia Jesús Sacramentado. No basta enseñar que Cristo está presente: hay que educar el corazón para reconocerlo, adorarlo, recibirlo y vivir de Él. El Padre Alejandro insistía en que la Eucaristía era centro, fuente, fuego. Una catequesis que no desemboque en vida sacramental se queda incompleta; una catequesis que no despierte hambre de Eucaristía corre el riesgo de convertirse en instrucción religiosa sin savia interior.

La catequesis, además, es parroquial por naturaleza. No forma cristianos aislados, sino miembros vivos de una comunidad. La fe nace y crece en la Iglesia. Se aprende escuchando la Palabra, participando en la liturgia, sirviendo a los pobres, acompañando a los enfermos, cuidando el templo, rezando con otros, celebrando el domingo, compartiendo la misión. Una catequesis verdaderamente cristiana introduce en una vida. No prepara solo para “recibir” un sacramento, sino para vivir sacramentalmente.

En este punto el carisma presentacionista aporta una nota muy necesaria: la unidad entre formación, adoración y servicio. Quien catequiza no es un técnico de contenidos religiosos. Es un testigo. Y el testigo necesita beber de la fuente. El P. Alejandro nos dejó una frase breve y decisiva: “La oración es el alma de todo apostolado”. También de la catequesis. Sin oración, la catequesis se vuelve explicación. Con oración, se convierte en mediación. Sin vida interior, se repiten ideas. Con vida interior, se transmite fuego.

Esta convicción ha acompañado la presencia presentacionista en Costa Rica durante estos cincuenta años. En 1976 se abrió la primera casa en América, en San Antonio de Belén, dentro de la diócesis de Alajuela. Aquella fundación no fue solo un desplazamiento geográfico; fue una prolongación del carisma más allá del océano. La Obra de María, nacida en tierras españolas, encontró en Costa Rica un terreno nuevo donde servir a la Iglesia con rostro humilde y parroquial.

Cincuenta años después, miramos esa historia con gratitud. No desde el triunfalismo, sino desde la conciencia de que Dios trabaja en lo pequeño, en lo constante, en lo que no siempre queda escrito con letras grandes. La catequesis en Costa Rica ha sido parte de esa siembra. Ha estado en el acompañamiento de niños, jóvenes y adultos; en la preparación sacramental; en la colaboración con los sacerdotes; en la formación de agentes pastorales; en la vida parroquial cotidiana; en la cercanía a comunidades que necesitan una fe alimentada, celebrada y sostenida.

San Antonio de Belén tiene, además, un valor especial en nuestra memoria congregacional. Allí se abrió la primera casa americana y allí floreció también la primera vocación hispanoamericana, Eraida Rodríguez Arroyo, cuyo ingreso en la Obra tuvo lugar un 11 de mayo. Esa fecha, tan unida a la vida del Instituto, enlaza de modo providencial la historia fundacional con la fecundidad de América. El 11 de mayo recuerda el comienzo de la Institución Presentacionista en 1943, pero también habla de continuidad, de nuevos brotes, de una semilla que cruzó el mar y encontró corazón dispuesto.

En Costa Rica, la catequesis ha tenido que hablar con acento propio. No se evangeliza de forma abstracta. Se catequiza en una tierra concreta, con su cultura, su sensibilidad, sus heridas, sus búsquedas, su religiosidad popular, su amor a la familia, su modo de celebrar, su cercanía humana, su alegría y sus desafíos. El carisma no se impone sobre la realidad; se encarna en ella. Como María en el Templo, aprende a escuchar. Como la Iglesia en misión, se hace cercana. Como la Eucaristía, se entrega en silencio y permanece.

Estos cincuenta años nos invitan también a preguntarnos qué catequesis necesita hoy nuestro pueblo. No basta repetir métodos que en otro tiempo dieron fruto. La fidelidad no consiste en inmovilismo. El mismo P. Alejandro dejó escrito que “el progreso no es otra cosa que la tradición en marcha”. Esta frase ilumina mucho el presente. La catequesis debe custodiar íntegro el depósito de la fe, pero ha de encontrar lenguajes, caminos y mediaciones capaces de tocar el corazón contemporáneo.

Hoy necesitamos una catequesis que forme adultos en la fe, no solo niños para los sacramentos. Una catequesis que no dé por supuesto lo esencial. Una catequesis bíblica, litúrgica, eucarística, mariana, moral y social. Una catequesis que ayude a pensar cristianamente, a discernir, a orar, a vivir la caridad, a pertenecer a la Iglesia con madurez. Una catequesis que no tenga miedo de la profundidad, pero que sepa hablar con claridad. Una catequesis que no rebaje el Evangelio, pero que lo acerque con misericordia.

También necesitamos catequistas acompañados. El P. Alejandro veía como triunfo permanente de un párroco la organización de una catequesis y la formación de un cuerpo de catequistas. Esta expresión sigue siendo programática. La catequesis no puede descansar únicamente sobre la buena voluntad. Requiere formación doctrinal, vida espiritual, comunión eclesial, capacidad pedagógica, sentido pastoral y perseverancia. El catequista no solo prepara temas; prepara el alma. No solo responde preguntas; aprende a escuchar procesos. No solo enseña; camina al lado.

El catequista presentacionista, hermana o laico, está llamado a vivir una síntesis preciosa: permanecer junto al Sagrario y salir hacia la gente; aprender de María Presentada y presentar a otros el rostro de Jesús; amar la parroquia y servirla en sus necesidades concretas. Su tarea no es producir resultados inmediatos, sino sembrar con fidelidad. Muchas veces catequizar será preparar la tierra, aunque otro recoja el fruto. Será pronunciar una palabra que quizá se entienda años después. Será encender una pequeña luz que Dios sabrá cuidar.

En estos cincuenta años de presencia en Costa Rica, damos gracias por tantas catequesis visibles e invisibles. Por las clases preparadas con sencillez. Por los niños que aprendieron a hacer la señal de la cruz. Por los jóvenes que encontraron una pregunta vocacional. Por los adultos que volvieron a los sacramentos. Por las familias acompañadas. Por los catequistas formados. Por las parroquias servidas. Por las hermanas que, con discreción y alegría, pusieron su vida al servicio de la fe del pueblo.

La catequesis es una obra de paciencia. Y quizá por eso es tan profundamente eucarística. La Eucaristía nos enseña que Dios actúa en lo pequeño, en lo humilde, en lo aparentemente silencioso. Un poco de pan sostiene a la Iglesia entera. Una palabra sembrada en catequesis puede sostener una vida entera. Una niña o un niño que aprende a mirar el Sagrario puede convertirse mañana en testigo. Un adulto que redescubre el Evangelio puede rehacer su casa. Una comunidad que se forma puede pasar de la costumbre a la misión.

Celebrar cincuenta años en Costa Rica es, por tanto, renovar una responsabilidad. No miramos el pasado solo para emocionarnos, sino para recibir de nuevo el encargo. La Iglesia sigue necesitando catequesis. Las parroquias siguen necesitando formación. Las familias siguen necesitando luz. Los jóvenes siguen necesitando razones para creer y caminos para entregar la vida. Los pobres siguen necesitando que el Evangelio les sea anunciado como esperanza real. Y Jesús Sacramentado sigue esperando corazones que lo conozcan, lo adoren y lo amen.

Que María Presentada, nuestra Madre y modelo, nos enseñe a catequizar como Ella: desde la humildad, desde el silencio fecundo, desde la disponibilidad total a Dios. Que el P. Alejandro interceda para que no falten catequistas con alma eucarística, inteligencia formada y corazón apostólico. Y que estos cincuenta años de presencia presentacionista en Costa Rica sean solo el umbral de una nueva etapa: más profunda, más fiel, más misionera, más encendida.