Hay formas de apostolado fáciles de reconocer. Tienen horarios, responsables, reuniones, proyectos… Se pueden describir en una memoria pastoral y, a veces, incluso medir sus resultados. Pero una parte importante de la vida cristiana ocurre fuera de ese marco. Empieza cuando alguien llama en un momento poco oportuno o cuando una persona necesita ser escuchada y nuestra primera tentación sería seguir con lo que habíamos previsto.

Estar disponible parece poca cosa. En realidad, exige bastante.

No consiste simplemente en tener tiempo libre ni en responder afirmativamente a cualquier petición. La disponibilidad cristiana es algo más fino: una disposición interior que permite reconocer cuándo la vida concreta de otra persona merece interrumpir nuestros planes.

El Evangelio está lleno de encuentros que, vistos desde fuera, parecen interrupciones.

Jairo se acerca a Jesús mientras Él está rodeado de gente. La mujer enferma toca su manto durante el camino. Un ciego grita desde el borde de la carretera. Los discípulos quieren apartar a unos niños que parecen distraer de asuntos más serios.

Jesús no vive improvisadamente. Tiene una misión muy clara. Precisamente por eso puede reconocer dentro de lo imprevisto aquello que pertenece a esa misión.

Ahí está una diferencia importante.

Estar disponible no significa carecer de prioridades, sino tenerlas tan bien ordenadas que sepamos cuándo una persona vale más que nuestro programa.

En nuestra cultura de agendas llenas, productividad y respuestas instantáneas, puede ocurrir algo paradójico: estamos permanentemente localizables y, sin embargo, cada vez menos disponibles. Contestamos mensajes mientras hablamos con alguien. Miramos el reloj durante una visita. La conexión aumenta, pero la presencia puede disminuir.

La disponibilidad comienza precisamente donde dejamos de administrar al otro como una tarea.

Existe una cierta deformación pastoral que identifica servir con resolver.

Alguien cuenta una dificultad y buscamos inmediatamente un consejo, o expresa una duda, y queremos proporcionar una respuesta. Esa reacción suele nacer de una buena intención, pero no siempre es lo que la persona necesita.

Hay momentos en los que el servicio consiste sencillamente en permanecer.

Escuchar una historia que ya hemos oído antes. Sentarse junto a una cama. Compartir el silencio, de quien todavía no sabe poner nombre a lo que le ocurre.

En esas situaciones aparece una forma de pobreza muy evangélica: aceptar que nuestra presencia, puede ser útil aunque nosotros no tengamos la solución.

Una espiritualidad de la disponibilidad mal entendida puede convertirse en una invitación al agotamiento. Estar disponible para los demás no significa vivir sin intimidad, descanso, horarios ni límites. Tampoco significa aceptar cualquier demanda o permitir relaciones abusivas en nombre de la caridad.

La disponibilidad cristiana no consiste en estar siempre accesible. Consiste en conservar el corazón accesible a Dios para poder discernir a quién, cuándo y cómo debemos entregarnos.

Un límite puede ser también un acto de caridad. Lo es cuando evita que el servicio se vuelva resentimiento, cuando permite cuidar una responsabilidad previa o cuando reconoce honestamente que otra persona puede ayudar mejor.

La verdadera disponibilidad no nace de la culpa. Nace de la libertad.

En María encontramos una expresión especialmente limpia de esta actitud.

Su «hágase» no significa que carezca de voluntad propia. Tampoco que comprenda de antemano todo lo que va a suceder. Es disponibilidad en su sentido más profundo: permitir que Dios encuentre espacio dentro de una vida concreta.

La Presentación de María, tan querida para la espiritualidad presentacionista, puede contemplarse también desde aquí. Presentarse ante Dios es ofrecerle no solamente nuestras capacidades, sino también nuestra agenda, nuestros planes y nuestra manera de imaginar cómo debería desarrollarse la vida.

No para convertirnos en personas pasivas, sino para vivir con suficiente libertad interior como para aceptar que la realidad puede pedirnos algo distinto.

Hay una forma muy discreta de humildad en quien sabe hacerse a un lado para que otro tenga sitio.

Al final, quizá la disponibilidad se manifieste de una manera especialmente clara en una decisión muy sencilla: quedarse.

Quedarse un poco más, cuando sería más cómodo terminar la conversación. Preguntar de nuevo. Acompañar sin intentar protagonizar el proceso del otro.

No siempre podremos hacerlo. Y tampoco debemos hacerlo siempre.

Pero algunas de las experiencias decisivas de nuestra vida ocurrieron probablemente porque alguien, en un momento concreto, tuvo tiempo para nosotros.

Un sacerdote. Una religiosa. Un amigo. Una catequista. Una madre… Alguien que quizá, no pronunció una frase memorable ni resolvió nuestro problema. ¡Sencillamente estaba allí!

En una Iglesia preocupada con razón por encontrar nuevos lenguajes, métodos y caminos pastorales, conviene no olvidar esta antigua forma de evangelización.

Antes de explicar la fe, alguien debe sentirse recibido.

Antes de enseñar, hay que escuchar.

Antes de organizar, conviene mirar quién ha llegado.

Y algunas veces, antes de hacer cualquier otra cosa, el apostolado consiste simplemente en estar disponible.