V. J. + V. M.

«Oración… perfecta observancia… penitencia…».

(Padre Alejandro María)

La Cuaresma, en la vida del Padre Alejandro, no aparece como una estación devota que vuelve cada año para teñir de morado el calendario. En él tiene un espesor más hondo. Es un modo de colocarse delante de Dios sin disfraces, de aceptar que el corazón necesita ser trabajado, purificado y rehecho. Por eso impresiona descubrir que, incluso en uno de los momentos más duros de su historia personal, ya respiraba en esa clave interior: durante su cautiverio promovió entre los presos un mes de oración y penitencia. No era una ocurrencia piadosa en medio del dolor, sino la expresión espontánea de un alma que había comprendido que la conversión no empieza cuando las circunstancias mejoran, sino cuando la persona deja de huir de la verdad.

Si se quiere entender de verdad cómo pensaba la Cuaresma, hay que leerlo allí donde su palabra se vuelve más incisiva. El Padre Alejandro sostiene que la Iglesia invita, e incluso obliga, a una renovación interna por la penitencia y por el dolor de los pecados, y advierte con singular lucidez que no basta embellecer externamente la Semana Santa para que el mundo mejore. A su juicio, sin confesiones verdaderas, sin pacificación sincera de la conciencia y sin rectificaciones reales de conducta, todo puede ganar en brillo, pero no en hondura. Es una afirmación exigente, sí, pero también profundamente liberadora: devuelve la Cuaresma al lugar del que nunca debió salir, el interior del hombre.

Lo admirable es que esta visión no nace en él de una dureza espiritual, sino de un sentido muy fino de lo esencial. No desprecia las formas; sabe bien lo que significan la liturgia, la belleza del culto y la dignidad de los signos. Sin embargo, se niega a permitir que lo visible suplante a lo verdadero. Por eso insiste una y otra vez en la confesión como medicina del alma y en la responsabilidad concreta de la parroquia durante este tiempo. Para él, la preparación cuaresmal no podía resolverse en un clima general de fervor: exigía catequesis, instrucción, acompañamiento y una llamada perseverante al sacramento de la Penitencia. La parroquia debía ayudar a que los fieles llegaran a una confesión bien hecha, y no sólo al cumplimiento rutinario de un precepto. Ahí se ve al pastor, no al moralista; al hombre de Iglesia, no al mero predicador de ideas.

En el fondo, todo remite a una convicción que en él nunca fue secundaria: la vida interior no es un complemento del apostolado, sino su fuente. Cuando escribe que «La oración es el alma de todo apostolado», no formula una consigna devota, sino una ley de vida. Por eso, cuando la prueba arreció sobre su Obra, su reacción no fue el ruido, ni la queja, ni la agitación defensiva. Su consejo fue de una sobriedad casi cuaresmal: oración, observancia, penitencia. Había aprendido que hay combates que se pierden en cuanto se libran sólo con razones humanas. Y había comprendido también que el dolor, si no pasa por Dios, se vuelve amargura; pero si entra en la oración, puede transformarse en fidelidad.

Esa misma línea se vuelve todavía más nítida en un texto de gran fuerza, escrito desde la adoración. Allí recuerda cómo, en un día del tiempo de Cuaresma, mientras meditaba sobre los castigos que caen sobre el pecado, sintió resonar con gravedad aquella palabra evangélica: si no hacéis penitencia, todos pereceréis igualmente. Lo decisivo no está sólo en la frase, sino en su desarrollo posterior. El Padre Alejandro presenta la penitencia no como un gesto triste o decorativo, sino como el único remedio verdadero para una humanidad que ha perdido el centro. Y contempla incluso la vida de Cristo —también su vida eucarística— como una prolongación de esa entrega penitente en favor del hombre. En esta perspectiva, la Cuaresma deja de ser un tiempo de prácticas añadidas y se convierte en una escuela de realismo espiritual: reconocer el mal, no justificarlo, no embellecerlo, y dejarse salvar.

Quizá por eso su palabra no ha envejecido. En un tiempo en el que tantas veces confundimos intensidad con profundidad, emoción con conversión y expresión religiosa con transformación interior, el Padre Alejandro devuelve a la Cuaresma su filo evangélico. No la reduce a severidad, pero tampoco la trivializa. La entiende como un camino donde la oración ilumina, la penitencia purifica y la cruz ordena el amor. No es casual que una de sus frases más breves y más hondas diga: «El amor se caldea con las astillas de la cruz». En ella cabe toda una pedagogía cuaresmal. No hay amor maduro sin poda, sin renuncia, sin ese fuego lento que limpia lo accesorio y deja sólo lo verdadero.

Mirado así, el Padre Alejandro no nos invita simplemente a “vivir bien la Cuaresma”. Nos obliga, con delicadeza y con firmeza, a plantearnos si nuestra fe está siendo tocada de verdad o sólo ornamentada.