El Vía Lucis, o Camino de la Luz, es una oración pascual que acompaña a Cristo Resucitado desde la mañana de Pascua hasta Pentecostés. La Santa Sede lo presenta como un ejercicio de piedad en el que los fieles contemplan las apariciones del Señor resucitado, el fortalecimiento de la fe de los discípulos y la espera del Espíritu Santo; por eso ayuda a recordar el centro de nuestra fe: la Resurrección de Cristo y el paso bautismal de las tinieblas a la luz. Habitualmente se estructura en estaciones, como el Vía Crucis, pero con el acento puesto en la alegría pascual, la vida nueva y la misión que nace del encuentro con el Resucitado. En clave presentacionista, esta oración se une con mucha naturalidad a nuestro carisma: María Presentada nos conduce al Templo, a la Parroquia, al Sagrario y a la vida eucarística.

En San Antonio de Belén, Costa Rica, la Pascua se nos ha regalado como camino, como luz compartida y como presencia humilde de Dios en medio de su pueblo. El 21 de abril nos reunimos con el Movimiento Presentacionista y con esos hermanos y hermanas que, fielmente, nos acompañan cada día 21 para adorar a Jesús Sacramentado y avivar juntos la devoción a María Presentada.

El encuentro comenzó en el patio central del Noviciado con el rezo del Vía Lucis Mariano. Allí, al aire abierto, bajo la sencillez luminosa de la tarde, fuimos recorriendo las huellas del Resucitado. Cada estación fue una invitación a mirar la vida con ojos pascuales: el sepulcro vacío, la fe que despierta, el anuncio de las mujeres, el camino de Emaús, la paz entregada a los discípulos, la misión confiada a la Iglesia, la promesa del Espíritu.

La Pascua no se queda encerrada en una fecha del calendario. La Pascua camina. Se hace paso, escucha, encuentro, silencio, envío. Por eso, después del Vía Lucis, concluimos con la adoración eucarística, dejando que el misterio nos llevara de la luz del anuncio al silencio del Pan; del camino compartido a la Presencia que sostiene; de la alegría proclamada a la adoración humilde ante Jesús Sacramentado.

Para una Presentacionista, este itinerario tiene un sabor profundamente familiar. María Presentada nos enseña a subir al Templo con el corazón disponible, a vivir para Dios con sencillez y a permanecer allí donde Él se nos entrega. En nuestro carisma, la Pascua se contempla desde el altar, desde la parroquia, desde el sagrario y desde la vida ofrecida. Como nos recuerda el espíritu recibido del P. Alejandro María Moreno, la Eucaristía es el horno donde se templa el alma y la oración es el alma de todo apostolado.

Lo vivido aquel día fue un tiempo de fervor y alegría. De esos momentos que no se explican del todo porque se viven. Quedan dentro, como una gracia pequeña y encendida, guardada para el resto de la semana. Quedan en la memoria como esos signos discretos con los que Dios confirma que la comunidad sigue siendo lugar de encuentro, de adoración y de misión.

El domingo 26 de abril, Domingo del Buen Pastor, la alegría pascual volvió a ensancharse en comunión con los Hermanos Menores Conventuales. En su comunidad, donde también se inició el Año Jubilar Franciscano, compartimos el rezo del Vía Lucis Franciscano, con reflexiones cercanas a la figura de San Francisco de Asís. Este año jubilar franciscano recuerda el octavo centenario del tránsito de san Francisco y se celebra como un tiempo especial de gracia, paz y conversión.

El ambiente fue cálido, sereno, lleno de paz, alegría y naturaleza. Todo hablaba de esa fraternidad sencilla que nace del Evangelio cuando se acoge sin defensas. San Francisco, hombre de alabanza y pobreza, nos ayudó a mirar la Resurrección desde la humildad de quien reconoce a Dios en todas las criaturas. Y la Eucaristía, como broche de oro, selló lo vivido: la Pascua no termina en una emoción hermosa, sino que se hace comunión, pan partido, Iglesia reunida y vida entregada.

Estos dos encuentros, tan distintos y tan unidos por la misma luz, nos recuerdan que la vida cristiana es siempre camino pascual. Caminamos con María Presentada hacia Jesús Sacramentado. Caminamos con la Iglesia, en comunión con quienes comparten la fe y el servicio. Caminamos con el Resucitado, que sigue saliendo a nuestro encuentro en la oración, en la fraternidad, en la naturaleza, en la parroquia y en la mesa eucarística.

Bendito sea Dios, que nos ha llamado a vivir nuestra vocación de servicio y comunión en y para la Santa Madre Iglesia. Bendito sea el Señor Resucitado, que sigue marcando nuestros pasos con su luz. Bendita sea María Presentada, que nos enseña a subir al Templo con el alma despierta, disponible y ofrecida.